Seven Eleven (2)

Cuando Mulholland echó un nuevo vistazo alrededor, se fijó en las cámaras de seguridad. Había una enfocando al mostrador y debería haber al menos una más, en aquel lugar que estuviera al resguardo de las miradas del dueño de la tienda. Hizo una seña a Fletcher y se la señaló. Su compañero asintió con seguridad.

– Estamos en ello -dijo, señalando la puerta que llevaba a la trastienda.

Desentendido del tema, Phillip se acercó a la chica de la puerta, Darla. Al fin y al cabo, los muertos y sus pertenencias no iban a ir a ningún sitio.

– Señorita Stewart -empezó.

– Darla -corrigió ella.

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Seven Eleven (1)

Cuando Mulholland llegó al lugar de los hechos había ya bastante expectación, incluso para ser de madrugada. Ante la entrada del Seven-Eleven había casi una docena de coches patrulla, una furgoneta de criminalística, una ambulancia y una furgoneta de la morgue. Además de un montón de curiosos agolpándose a lo largo del cordón policial.

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¿Susto o muerte?

(Basado en Vampiro: La Mascarada, el juego de rol)

 

RADU.

El joven solitario leyó su nombre una vez más tras haberlo grabado a punta de navaja en la sucia barra manchada de innumerables cervezas.

<<Aquello último no parece una U>> se dijo con media sonrisa antes de levantar la mirada y pasearla por el resto de aquel local. Se encontraba sentado en el extremo más apartado de la barra, justo en el rincón más oscuro, no porque el resto del lugar estuviera mejor iluminado, sino porque era realmente el más oscuro. Solo unas pocas bombillas de escasa calidad evitaban que por el resto de la taberna las personas se accidentasen con el mobiliario envejecido por el uso.

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Con la cabeza bien alta

Frente al dintel, suspiró, murmuró una plegaria vaga y aflojó la espada de la vaina. El tosco arco de piedra estaba labrado con gastados símbolos y una suerte de caligrafía que no sabía leer pero que creyó entender de alguna manera:

NO ENTRAR

Todo coincidía con los viejos pergaminos, con lo que el maestro de Barmint le había explicado que sucedería. Y allí estaba él, un viejo soldado, un mercenario que había perdido tiempo atrás honor, escrúpulos, dignidad… Una oportunidad de redención.

– El Mal resurge, hijo, las señales se suceden por doquier. Y nadie se preocupará por detenerlo.

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Silencio

Cuando abrió los ojos creyó seguir en un sueño absurdo, abstracto como sólo puede ser un sueño… Hasta que sintió el dolor de cabeza, la necesidad de respirar y las náuseas. La cabeza le zumbaba, estaba desorientado y comprendió que había vuelto en sí tras golpearse y que el entorno abstracto que lo envolvía era la realidad bajo las condiciones de la ingravidez.

Recordó entonces la explosión y la sacudida, y cómo todo el mamparo de la nave se retorcía a lo largo del pasillo y los paneles se soltaban con violencia. El espacio se abrió y la nave se abrió al espacio. Los sensores de su traje técnico se activaron en nanosegundos, calcularon la súbita pérdida de aire y las condiciones crecientes de inhabitabilidad, el vacío y otros parámetros y el yelmo cerró automáticamente la visera, activando el soporte vital del traje estanco. Eso le había salvado la vida. Eso y la maraña de cables que se le había enrollado en la bota con la violencia del suceso impidiendo que su cuerpo fuera arrastrado a la inmensidad fría del espacio.

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La bestia…

<<Este maldito invierno está durando demasiado. Ningún invierno debería durar tanto>>

Eso pensaba Spooner mientras orientaba a su caballo para que evitase los terrones de nieve y barro. Y tenía razón en sus meditaciones. El tercer mes tocaba a su fin y casi todo el norte del reino seguía cubierto por un manto de nieve. Por aquellas suaves latitudes aún se sucedían nevadas ocasionales que convertían los caminos y los campos en lodazales traicioneros.

El viejo cazador alzó su mirada al cielo. Estaba limpio de nubes y su color era de un azul pálido pero aunque el sol de mediodía brillase, no llegaba siquiera a calentar las mejillas curtidas y rojas del hombre.

– No parece que vaya a nevar –murmuró mesándose la barbita blanca recortada sobre su cara redonda, y luego alzó la voz -. ¿Me oyes?

No obtuvo respuesta y Spooner se volvió. Sam Flaco estaba allí, algo rezagado y parecía no haberlo escuchado, ocupado como estaba en obligar al caballo a vadear el arroyuelo gélido.

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