¿Susto o muerte?

(Basado en Vampiro: La Mascarada, el juego de rol)

 

RADU.

El joven solitario leyó su nombre una vez más tras haberlo grabado a punta de navaja en la sucia barra manchada de innumerables cervezas.

<<Aquello último no parece una U>> se dijo con media sonrisa antes de levantar la mirada y pasearla por el resto de aquel local. Se encontraba sentado en el extremo más apartado de la barra, justo en el rincón más oscuro, no porque el resto del lugar estuviera mejor iluminado, sino porque era realmente el más oscuro. Solo unas pocas bombillas de escasa calidad evitaban que por el resto de la taberna las personas se accidentasen con el mobiliario envejecido por el uso.

El joven rumano sonrió para sí mismo. Daba igual cuanta luz hubiera en aquel lugar. Sus ojos de depredador nocturno distinguían bien a sus presas. Y aún podía ver mejor. Además tenía hambre aquella noche, o mejor dicho, tenía sed.

La Sed.

Era insistente en aquel preciso momento, tanto que se descubrió calculando los litros que podría extraer de cada persona que veía y tuvo que esforzarse en evitar que sus incisivos apareciesen de golpe.

<<No>>

Debía serenarse y controlarse. Su cliente podría llegar en cualquier momento, de hecho se retrasaba y eso era algo que lo ponía nervioso. No convenía hacer esperar a un matón a sueldo. Y menos aún a uno de su… especie.

Radu nació en los Cárpatos, en Rumanía en algún camino entre pueblos de aquellas remotas montañas del este de Europa. Su madre era una hermosa gitana de la cepa indoeuropea original, rubia de inmensos ojos azules y piel que podía ser clara en invierno y tostada en verano. Usaba sus preciosos ojos en sus números como pitonisa mientras Radu, sus seis hermanos mayores y su padre se encargaban del resto de actividades de la caravana ambulante. Malabarismos, acrobacias, lanzamiento de cuchillos, juegos de trileros y cientos de cosas más. Por las noches robaban en los gallineros, huertos y establos y huían a otro pueblo, junto con el resto de integrantes de la caravana que, por supuesto, eran parientes. El gitano recordaba los frondosos bosques de su país y cómo su padre le enseñó a disparar contra las alimañas salvajes con una desvencijada escopeta de cerrojo que jamás supo de dónde había salido. Aquel trasto se desviaba a la derecha.

Pasaron varios años y Radu ya era un adolescente acróbata de poco más de dieciocho años que peleaba como un condenado demonio en las tabernas y se llevaba de calle a las muchachas incautas, cuando oyeron un extraño rumor en los alrededores de Lugoj. La gente decía que los nuevos aliados de Rumanía se estaban llevando a los judíos y a los gitanos a otros lugares. La familia no prestó mucha atención a aquellas habladurías ya que por lo general, allí donde fuesen los gitanos surgían roces y se podían oír todo tipo de historias estúpidas.

Debieron haber hecho caso. El joven recordó al soldado que les dio el alto en una carretera pocos días después. Era una compañía entera de hombres armados y hablaban en otro idioma. Sus abrigos largos de invierno eran oscuros y sus siniestros cascos llevaban dos rayos en un escudo, o un águila imperial sobre unas aspas. La madre del joven le dijo que eran alemanes y que su general era un dictador peor aún que el que gobernaba Rumanía por aquel entonces. Radu no entendía de aquellos asuntos pero si había oído aquellos rumores. Entendía que Europa estaba en guerra y entendía el miedo y solo con ver a aquellos hombres supo que debía tenerlo. Había una frialdad inhumana en los ojos de aquellos hombres.

Lo que ocurrió después fue tan confuso que el gitano aun no lo comprendía. Por más que intentase hacer un esbozo de los interminables minutos que sucedieron entonces solo se encontraba con una sensación de dolor y amargura en el pecho. Hubo resistencia a la detención, hubo insultos. Luego golpes. Luego disparos. Recordaba la figura de su padre chillándole algo mientras disparaba su viejo fusil, que ya contaba con dos alemanes malheridos o quizá muertos. Los soldados usaron sus armas también, de hecho habían empezado ellos, cuando un guapo oficial disparó a la cabeza al primo de Radu que se interpuso cuando el soldado insultaba a su joven esposa. Luego llegó el caos.

La madre de Radu intentó alejarlo del tiroteo. El chico sintió el empujón de su madre poco antes de su caída y cuando se giró solo vio aquellos ojos enormes, abiertos de par en par, con un azul tan intenso como el reflejo del cielo en la superficie de un lago. Un hilillo de sangre resbaló por la comisura de los labios rosados y el rostro, convertido en la imagen del dolor, la ira, la angustia, el miedo y el amor de una madre hacia su hijo, se fue apagando poco a poco hasta que aquella mirada se tornó vacía. Radu vio entonces caer a su padre, acribillado a balazos y luego a otro más de sus hermanos, y otro… Cuando un disparo lo alcanzó a él, casi estaba agradecido. El dolor posterior le devolvería la razón.

Los escasos supervivientes fueron reunidos con otros gitanos y conducidos encadenados y por medio de camiones a otro país. Jamás estuvo seguro de dónde demonios estaban o a dónde demonios los llevaban pero mientras se curaba de su fea herida en el hombro, tuvo tiempo de que otro pariente le enseñara a leer de forma algo primitiva con los carteles de la carretera y papeles de periódicos que de vez en cuando caían en sus manos. Era un gitano ya viejo, con cierto aire de misticismo y sabiduría que se encariñó de aquel joven sucio y desaliñado con cara de estar perdido y abandonado en el mundo. El anciano era una fábrica de conocimientos para el muchacho. Pero quizá lo que Radu mejor cultivaba era un odio atroz hacia aquellos uniformes, aquellas gentes que los manejaban y trataban como animales, que los insultaban y humillaban.

Poco después descubrió lo que era un campo de trabajo. Por aquel entonces su mente estaba furiosa a la vez que frustrada y una extraña resignación comenzó a invadir los más recónditos resquicios de su ser. El tiempo pasaba y su anciano amigo murió de enfermedad, de agotamiento, de hambre, de pena…

El rumor creciente de que aquellos campos se conocían también como campos de exterminio apenas le afectó. El ya sabía que sus carceleros lo matarían tarde o temprano. Su paciencia se agotaba día a día y la venganza es un fuego sin extinguir en el corazón de un gitano.

Aquel día llegó. Un oficial nazi comenzó a abofetear a un pobre chiquillo que rondaría los diez años. Radu estaba cerca y la ira lo cegó. Jamás contó los puñetazos que llegó a asestar al soldado hasta que otros guardias lo redujeron, pero el amasijo de carne hinchada y sangrante del que lo alejaron jamás volvería a ser un rostro humano.

El juicio fue, como era de suponer, inexistente y la condena, obvia. Seis alemanes lo llevaron encadenado junto con otros “condenados” fuera del campo, hacia los linderos de un bosque de coníferas. Hacía un frío glacial y la nieve estaba dura. Cuando los soldados los ordenaron a detenerse descubrieron una enorme fosa cavada en el fango a pocos metros delante de ellos.

<<Así que será así>> se dijo con amargura mientras los soldados les quitaban los grilletes. Radu consiguió comprender con su alemán chapurreado cómo el soldado al mando les decía a los demás que no debían enterrarlos con grilletes. Si alguien descubría la fosa en el futuro no debía suponer que eran presos ejecutados. Pero también comprendió que aquella chispa vengativa de su interior no se daría por vencida.

El nazi solo tardó un segundo en amartillar su arma pero fue suficiente. El gitano sabía muchos trucos sucios a la hora de repartir golpes contra varios oponentes y los otros gitanos también se aprovecharon. Radu propinó un cabezazo y un fuerte rodillazo y luego patadas y puñetazos. En la confusión, se hizo con un fusil y no se lo pensó dos veces. El bosque era su salvación. Corrió a través del frío, con el aire congelado haciendo siniestros sonidos en sus pulmones y arrancándole lágrimas de los ojos mientras sorteaba los innumerables árboles que el bosque se empeñaba en poner en su camino. Una sirena lo acusaba de fugitivo y los ladridos de los perros empezaron a escucharse a lo lejos junto con otros disparos. Si los demás habían logrado escapar jamás lo sabría pero ya no le importaba. Entonces solo estaban él, el bosque, los alemanes y un fusil mauser KAR 98K.

Fue una maravilla en cuanto acomodó la culata de madera noble en su hombro y enfiló la perfecta mira hacia el camino imaginario que había seguido. Ingeniería alemana. Aquel instrumento de muerte le pareció maravilloso. Todo el acero y la madera parecían hechos a su medida y, aún habiendo corrido durante más de media hora con su cuerpo desnutrido, su respiración se adaptó perfectamente a la postura de tiro, con una rodilla hincada y a medio proteger tras el grueso tronco de un pino viejo. Por supuesto que sentía el frío y el dolor, y el agotamiento, pero eso dejó de importar en cuanto el objetivo entró en su campo visual. Eran dos soldados alemanes con sendos perros de presa, que tironeaban de sus correas gruñendo con fiereza y escupiendo espuma entre ladridos. Seguramente ya habían localizado su olor. Sin embargo, los nazis no lo habían descubierto aún. Radu ajustó las guías de la plaqueta y la del extremo del cañón en una geometría perfecta sobre la silueta de uno de ellos. Aquel movimiento tan fluido le hizo saber que el mauser no se desviaría a la derecha como la vieja escopeta de su padre. Sus ojos enfocaron y la pieza a cazar se tornó grande, palpitante vida rebosante de un cuerpo sano, fuerte. El disparo perforó limpiamente el casco y el cuerpo se desplomó con un sonido sordo. Radu accionó el cerrojo del fusil con velocidad. Tenía el tiempo escaso para abatir al otro soldado y a los perros, que corrían hacia él con las correas sueltas dando latigazos al aire. ¡Bam!. El segundo guardia cayó con el arma en ristre y el corazón destrozado por un proyectil del calibre 7,92. ¡Bam!. Silencio. ¡Bam!. El segundo perro fue abatido a pocos metros del joven. El eco de los disparos se fue disipando absorbido en parte por la bóveda de coníferas dejando a Radu en un completo silencio roto sólo por el sonido metálico del casquillo expulsado del arma. Aunque sintió deseos de tumbarse a descansar o a dejarse morir allí mismo se forzó a moverse. No podía morir. Su familia no podía morir con él. Cogió el abrigo de uno de los soldados y los calcetines y las botas del otro e hizo acopio de munición. Tomó además una pistola luger y un cuchillo con adornos de parafernalia nazi y el pequeño petate rígido de uno de los guardias. Cuando sintió que llevaba allí demasiado tiempo se perdió en el bosque.

A partir de entonces todo fue ir al Este. Viajó por los bosques, alejándose de los caminos frecuentados, cazando y robando en los huertos para no morir de hambre. Mató más alemanes en su camino hacia el este. Aunque trataba de mantenerse alejado de las poblaciones y las carreteras principales, a veces era inevitable tener que transitar algunos kilómetros por algunas y entonces corría el riesgo de ser detectado. Había muchas patrullas y convoyes de suministros para el frente oriental y los nazis estaban muy nerviosos por aquellas fechas. El orgullo ruso retrasaba su triunfal marcha conquistadora y empezaban a temer por la ya no tan inminente victoria sobre los comunistas.

Radu se dirigía allí. En el campo de trabajo varios amigos y parientes le habían comunicado que otros gitanos de su extensísima familia habían logrado huir hacia aquel país, incluso que pretendían enrolarse en el ejército rojo para vengarse por el exterminio de los suyos. Al joven la idea pareció gustarle. Sabía disparar, sabía matar y era algo que hacía sin el menor atisbo de conciencia. Pulso firme, respiración relajada, conciencia tranquila. Había descubierto su particular don para el tiro de precisión, sobretodo con aquel fusil alemán. Seguramente sería de valor para las filas del ejército rojo.

El invierno se recrudecía cuando tuvo contacto con los primeros rusos. No tenía ni idea cuando había llegado a aquella estepa, ni de cómo había evitado caer en manos alemanas, ni siquiera de cuando había atravesado a líneas del frente pero ya estaba en Rusia y la nieve le entumecía las piernas y los brazos, y le impedía pensar con claridad. Era una fría noche cuando a lo lejos divisó a un grupo de personas que viajaban en la misma dirección y les dio alcance con sus últimas fuerzas. Cuando aquellas gentes le atendieron se sorprendió de que no todos eran soviéticos y de que algunos de ellos fuesen también gitanos de su tierra.

– Si no lo veo no lo creo –dijo una voz familiar en rumano -. ¡Radu!

El joven abrió los ojos azules heredados de su madre y miró al hombre de mediana edad que pronunciaba su nombre. Se dio cuenta del tiempo que hacía que no escuchaba su nombre de alguien que no fuese su propia mente.

– Soy yo, Dimitri –dijo el hombre -. Te reconocería de cualquier manera, muchacho. Tienes los ojos de Irina. Debe de ser un milagro del destino.

La mención de su madre le arrancó unas lágrimas tardías mientras buscaba en su memoria aquellas facciones y las relacionaba con el nombre de Dimitri. Halló su respuesta y la emoción lo embargó. Era un primo de su madre y había estado el día de la matanza. Radu creía que había muerto y su mirada debió reflejar sus pensamientos porque el otro habló de nuevo, esta vez con un tono más amargo .

– Conseguí huir, aunque malherido. Otros parientes me encontraron y huimos del país. Tu…

– Me apresaron –consiguió decir el muchacho -. Me llevaron con otros gitanos a uno de esos campos…

Dimitri hizo un gesto con la mano para evitar a Radu explicar el horror que todos empezaban a conocer.

– Cuanto has crecido, ha pasado tanto tiempo… debes de tener veinte años si no me equivoco.

– No lo sé. No he sabido llevar la cuenta. No he podido… me escapé hace meses y he rondado por ahí. Oí que algunos gitanos iban a Rusia, que los rojos plantaban cara a los nazis. Pensé que podría aprovechar y luchar yo también.

– Todos lo pensamos. Nosotros hemos venido para lo mismo. Pagarán con su sangre la nuestra derramada. Pero no hablemos de esto ahora, pronto amanecerá y acamparemos al abrigo de un bosque cercano. Estos amigos rusos –señaló con un gesto a los demás – nos guían al encuentro de sus tropas. Ven con nosotros y come algo de comida caliente.

Ya en el campamento a Radu le tendieron un cuenco con una aromática sopa que devoró ante la atenta mirada de aquel hombre que debía rondar los cuarenta años. Sin embargo había algo extraño en él. No se había fijado antes, pero le daba la impresión, cuando lo observaba de estar mirando un rostro del pasado. Sí habían pasado dos años de penurias, estos no se habían marcado en el rostro de su tío, como se habían marcado en los de Radu. A sus veinte años aparentaba veinticinco o veintiséis. Tenía el cuerpo delgado, fuerte y elástico de una vida espartana y la piel curtida por la intemperie. Sus ojos azules cargaban con muchas penas y sus manos estaban encallecidas por el uso del fusil.

En esto pensaba cuando se fijó en que su tío no comía nada, al contrario que otros camaradas. De las cuatro personas que había en aquella tienda solo tres degustaban aquella deliciosa sopa y de los pedazos de lomo de cerdo frío que se sirvieron. Dimitri observó a Radu unos minutos en silencio, como estudiando una posibilidad pero cuando el joven le fue a preguntar algo, la expresión de su tío se suavizó y cambió de tema.

– ¿Robaste el mauser a los alemanes?

– Al que me iba a ejecutar –Dimitri pareció asombrado -. Me ha servido bien. Trece nazis me he cobrado desde entonces.

– ¿Te queda munición?

– Poca. He usado el arma para conseguir comida en el bosque.

Su tío guardó silencio durante un instante, con aire pensativo.

– Bueno, es hora de descansar. Tu dormirás aquí esta noche y mañana nos contaremos más cosas. Hay un tema que… quizá deba hablar contigo.

Acto seguido se levantó y salió a la noche que llegaba a su fin.

Radu tardó en dormirse. Estaba muy alegre de haberse encontrado con un pariente, pero había algo que lo inquietaba. Había contado unas quince personas en la caravana, de las que solo cuatro eran gitanos, todos rumanos. Todos ellos se habían instalado en un carromato grande en el que viajaban mientras que los rusos, sus guías, dormían en tiendas de campaña. Todos los rusos se habían mostrado complacientes con los gitanos y un par de ellos habían acudido al carromato poco después de instalar el campamento. Pasada una hora salieron. Radu aún tenía en su mente el aspecto demacrado de aquellos dos hombres, su tez pálida y los pasos erráticos que daban, como si estuvieran mareados o débiles. ¿drogados quizá? El chico se durmió al fin y por primera vez en mucho tiempo ninguna pesadilla acudió a atormentarlo.

Despertó al atardecer y no halló rastro de su tío ni de los demás gitanos. El carromato estaba cerrado por dentro y los rusos apenas hablaban su idioma. Solo obtuvo respuestas esquivas a sus preguntas. Cenó restos de la sopa del día anterior y ayudó a los demás a desmontar el campamento cuando se hizo la oscuridad y los gitanos emergieron de su guarida. Radu se acercó a Dimitri para preguntar si había estado dormido hasta entonces pero su tío lo silencio con un gesto y le pidió que lo acompañara lejos del campamento, bajo la atenta mirada de uno de los gitanos, que a Radu se le antojó que debía ser el jefe de aquel extraño grupo.

Su tío lo alejó alumbrando el camino con un farol hasta que apenas les llegaron sonidos de los demás y entonces se giró hacia el muchacho.

– Debo contarte algo, pero no va a ser fácil y es posible que no lo creas –dijo Dimitri. Estaba mortalmente pálido y sus ojos relampagueaban fugazmente a la luz dorada de la linterna -. Cuando ocurrió aquello… hace dos años… recibí ciertas heridas. Eran heridas mortales y mi cuerpo moribundo cayó por un terraplén. Los alemanes no debieron encontrarlo pero si lo hizo Nikola –Radu intuyó que Nikola era el “gitano jefe” -. El y los suyos me encontraron y vieron que no tenía salvación, pero un antiguo parentesco nos une y decidieron salvarme…

– ¿Te curaron? –le cortó el joven. La seriedad de su tío empezaba a ponerle nervioso -. Has dicho que no tenías salvación pero estás aquí, sano y salvo y…

– Déjame continuar, Radu, por favor –el joven enmudeció. Dimitri era un pariente mayor que él y debía mostrarle el mayor respeto. Su madre y su padre lo hubieran abofeteado de no hacerlo -. No me salvaron devolviéndome la vida como tu crees… si no otro tipo de vida… una no vida.

Radu no dijo nada. No estaba seguro de haber entendido a su tío. En su mente algo de le decía que hiciera memoria, que recordase otro tiempo más feliz, cuando era pequeño y su padre lo sentaba en sus rodillas frente al fuego de una hoguera y le contaba las temibles leyendas de su tierra. Mientras Dimitri esperaba alguna reacción, las palabras de este se repitieron varias veces en su cabeza. “No vida”. El que no muere. El que no está muerto. “Nosferatu, el no muerto”. El joven frunció el ceño en una expresión entre incrédula y banal. Su tío le estaba contando otra de aquellas historias para asustar a los niños.

– Radu –dijo entonces su tío -, esto va en serio. No estoy vivo como no estoy muerto. Soy otra cosa ahora y te cuento esto porque debía tomar una decisión. Ayer observé que te fijabas en algunos detalles poco normales en nuestro comportamiento. Es debido a lo que somos.

El joven había perdido el anterior sentido del humor. Aquella broma estaba molestándolo de verdad y la forma en la que hablaba Dimitri parecía tan sincera. Un leve sonido le hizo girar la cabeza y se encontró rodeado de aquellos gitanos, incluído el tal Nikola. Apenas los había oído llegar pero no fue lo único que lo alarmó además de su presencia. Sus ojos brillaban de forma sobrenatural y unos inhumanos incisivos destellaron en una fugaz sonrisa.

– No temas Radu, no te haremos daño –dijo Dimitri -, pero vamos a la guerra y no quiero perderte de nuevo. Eres el único de mi sangre que queda… Únete a nosotros y volveremos a ser una familia.

El joven cayó de rodillas muerto de miedo, temblando de pies a cabeza ante la presencia poderosa de aquellas criaturas. Todas las leyendas de los Cárpatos se apoderaron de sus recuerdos y sintió que iba a desmayarse. Sin embargo, cuando su tío le inclinó la cabeza a un lado para exponerle los vasos sanguíneos a Nikola un hormigueo de anhelo lo calmó. No sabía si era aquel poder el que lo había tentado o la sencilla razón de poder seguir con el único familiar que le quedaba, o formar una nueva familia con aquellos desconocidos que se decidieron a “adoptarlo”. Quizá la más poderosa razón fue la certeza de una eternidad para buscar y matar a los asesinos de los suyos…

Vampiro. Un depredador de sangre.

El bar empezaba a vaciarse. El inquieto joven solo en apariencia, pues ya contaba con ochenta y tres años, estaba cada vez más impaciente. No le gustaba que lo hicieran esperar y menos aún cuando estaba hambriento. Empezaba a considerar la posibilidad de cobrarse sus servicios con la sangre de su cliente. “Calma” se dijo. Ya llegará. El que lo buscaba para hacer un encargo no solía echarse atrás, aunque si el cliente no estaba habituado, podía sentir cierto temor a dar el paso clave: la cita.

Mientras seguía haciendo como que vaciaba una copa de vodka de nula calidad y se pasaba la mano por la suave cabeza rubia rapada al uno, se encontró de nuevo rememorando su vida. O su no vida.

Después de despertar como vampiro, cosa que apenas recordaba, Nikola y Dimitri hicieron de profesores para él. Todas las noches aprendía a hacer uso de su nueva cualidad. Se sentía fuerte, ágil, audaz y mortal. Sus sentidos parecían más agudos y salvo por el hecho de tener que alimentarse de sangre todo lo demás le parecían ventajas. Recordaba con nostalgia el sol o el sabor de una suculenta comida, pero eran males menores. Ahora era inmortal, o casi inmortal, y eso, no tenía precio al menos en aquella época.

El grupo de Nikola y sus criados se unió al ejército rojo aunque negoció mediante una interesante suma de oro -herencia de familia- ciertas cláusulas: solo de noche, siempre de noche.

Formaron una unidad de élite de francotiradores nocturnos y sirvieron a la causa comunista expulsando a los nazis. La venganza los impulsaba y les daba alas. Eran depredadores y cobrarían su pieza.

Sin embargo, Radu apenas se dio cuenta de lo poco que importa el tiempo cuando dispones de una eternidad. Los años pasaban veloces y el Tercer Reich había caído y su sed de venganza se apagaba, quedando reducida a unas brasas que sólo chisporroteaban ante los vagos recuerdos. Terminada la guerra los gitanos de Nikola dejaron de ser útiles. Comenzaba la época de la Guerra Fría y los vampiros debían ser precavidos. Ya no había confusión y era tiempo de progreso y de crecimiento de las ciudades. La vida civil era extraña y conseguir alimento requería más diplomacia que habilidad cazadora. Para la sociedad de vampiros que se escondía tras la humana la discreción era importante y la condición de No Muerto un secreto frágil. Con el tiempo el grupo se disgregó. Radu conoció con tristeza el fallecimiento de su tío en algún conflicto entre las facciones de vampiros enfrentadas. Vampiros contra vampiros. Moderados contra radicales. Nikola también había desaparecido y el propio Radu temió por su seguridad. Rusia era un lugar peligroso incluso para un vampiro.

Radu volvió a su patria y vagó sin rumbo por los hermosos bosques de Transilvania alimentando sin querer las leyendas de sus antepasados. Curiosamente el hermano del tristemente famoso príncipe Vlad Tepes, conocido como Drácula, se había llamado Radu.

Los rumores sobre su persona le obligaron a abandonar de nuevo su hogar y marchó esta vez al Oeste, hacia la resquebrajada Yugoslavia. Era un nuevo conflicto, pero tan parecido al anterior que las brasas de la venganza reaparecieron. Vio con sus propios ojos las fosas comunes y poco a poco el odio a los uniformes genocidas volvió a devorarlo.

Durante un tiempo se alimentó de ellos, cazándolos cuando se separaban del grupo para orinar. No distinguía entre bandos. Todos cavaban fosas comunes y perseguían su ideal de país perfecto mediante la limpieza étnica.  Por ello empezó a vender sus servicios. Era un tirador experto y había mucho trabajo por hacer. El dinero era su jefe y por varios años se lucró poniendo en la mira de su viejo mauser los cráneos de oficiales de uno y otro bando hasta que el conflicto empezó a tocar a su fin y Slovodan Milósevic fue arrestado. El negocio se agotaba y era peligroso. El también era un criminal de guerra aunque por suerte no tenía identidad que buscar y perseguir. Nadie le conocía directamente. Simplemente desaparecería.

Con el dinero que atesoraba llegó hasta Albania y compró una identidad nueva. No necesitaba cambiar su nombre o su procedencia porque nadie las había conocido. Otros vampiros gitanos discípulos de Nikola lo ayudaron a llegar a España, de allí a Inglaterra y finalmente, la tierra prometida: Estados Unidos. Sus medio-parientes le hicieron un rodaje discreto y trabajó durante un tiempo para algunos mafiosos de Europa del Este hasta el momento actual. Un nuevo siglo, el siglo XXI.

Ahora era un matón a sueldo que chapurreaba un inglés deficiente con un marcado acento valaco y esperaba a clientes inseguros en tugurios malolientes como aquel. Otro ya se hubiera deprimido, pero el no. Era inmortal y ya llegarían tiempos mejores.

La puerta se abrió y entró un hombre gordo, vestido con un traje gris oscuro algo arrugado. No encajaba en aquel lugar y Radu supo que era su hombre. El extraño miró en varias direcciones desde sus gafas con montura dorada hasta descubrirlo en aquel rincón, justamente donde habían quedado. Sudaba a ríos. El gordo se acercó con su maletín de ejecutivo y se sentó junto a Radu, no sin antes titubear. Era obvio que no estaba acostumbrado a estas lides.

– Llega tarde –la doble ele sonó como una “Y” al hablar el joven -. Si no se va a tomar en serio esto quizá será mejor dejarlo…

– Lo lamento –cortó el gordo, nervioso -. Había un atasco. En este sobre está la dirección y los datos de… ya sabe. Ese tipo me chantajea, ¿entiende?, me…

– No es asunto mío –cortó entonces Radu -. El motivo no es asunto mío.

El vampiro miró al hombre a los ojos. No era trigo limpio, eso seguro, un estafador o un degenerado o a saber qué, pero no era asunto suyo. Pagaría bien. Otro le pagaría para matar a aquel tipo. Así era aquel negocio.

– ¿Y qué desea entonces?. ¿”Susto o Muerte”? –preguntó Radu con una siniestra sonrisa que pretendía hacer una broma. El ejecutivo dudó.

– Susto.

– Buh –dijo de golpe Radu mostrando una amenazante mueca. El gordo se asustó -. Debió escoger “Muerte”.

Radu rió entre dientes su ocurrencia, aunque el otro no pareció tan divertido. Era un pobre idiota. Un susto a un chantajista podría volverse en contra de aquel tipo tarde o temprano. Radu hubiera escogido “Muerte”, pero daba igual.

– ¿Va a… solucionarlo ahora? –preguntó el grodo.

– No –dijo Radu y mostró una espeluznante expresión que erizó el cogote del gordo -. Primero comeré algo.

El joven se levantó ante la mirada asustada del gordo y pensó en si por algún instante no se habrían mostrado sus incisivos inoportunamente, aunque en el fondo le dio igual. El tipo era un desgraciado y un cagón. Decidió que cuando cobrara su recompensa se alimentaría de él e incluso pensaba en un crimen piadoso. Cualquiera que contratara sus servicios debía de ser un verdadero hijo de puta despiadado. Matarlo no sería una mala obra.

<<Una sabandija menos en el mundo>> se dijo mientras abandonaba el bar introduciéndose el sobre en la chaqueta de cuero, junto a la pistola. El mundo era terrible, inhumano, voraz. Pero el era Radu. Era un gitano y era un vampiro.

Era inmortal y ya vendrían tiempos mejores.

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Un pensamiento en “¿Susto o muerte?

  1. Hace siglos que no juego al rol. Vampiro es un juego sensacional e inventarse un personaje era divertidísimo. Siempre me gustó imaginarme una historia para darle trasfondo y la de Radu es una de ellas. Interpretarlo fue un placer.

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