Con la cabeza bien alta

Frente al dintel, suspiró, murmuró una plegaria vaga y aflojó la espada de la vaina. El tosco arco de piedra estaba labrado con gastados símbolos y una suerte de caligrafía que no sabía leer pero que creyó entender de alguna manera:

NO ENTRAR

Todo coincidía con los viejos pergaminos, con lo que el maestro de Barmint le había explicado que sucedería. Y allí estaba él, un viejo soldado, un mercenario que había perdido tiempo atrás honor, escrúpulos, dignidad… Una oportunidad de redención.

– El Mal resurge, hijo, las señales se suceden por doquier. Y nadie se preocupará por detenerlo.

Eso le había dicho el anciano maestro hacía ya una eternidad, en aquella mugrienta posada donde el soldado curó las heridas del viejo víctima de un asalto. El socorrió al maestro y lo cuidó hasta que se mejoró, quizá buscando recuperar la humanidad que creía perdida tras años y años de guerras y muertes.

El viejo le contó la razón de su peligroso viaje, una gesta en búsqueda de señales del Mal Venidero. No era misión para un anciano.

Había pasado mucho tiempo desde que el soldado viera en el deber una senda para salvar su alma; años de polvorientos caminos, bosques oscuros, desiertos ardientes, montes helados y cañadas siniestras, de peligros mortales… Había derrotado a los Cuarenta Bandidos, destripado a la Araña de Karlitaith, desenmascarado al Asesino Sombrío, decapitado al Titiritero, frenado la invasión de los Bárbaros.

Gestas. Docenas de ellas. El soldado llegaba a cada lugar siguiendo las pistas que el anciano le remitía por aves mensajeras. En cada ciudad, el fatigado soldado esperaba las misivas del viejo en las que le indicaría qué debía buscar: prodigios, señales, crímenes grotescos y sucesos contranatura.

Y siempre había una misión más.

Y por fin, tras mucho caminar y más pesar, encontró la Quebrada Sombría, el abrupto cañón dónde el sol no entraba. La escasa luz no le impidió encontrar el sendero que ascendía un poco desde el lecho de un antiguo cauce seco, por la pared del cañón hasta la entrada excavada allí por gentes de otra época. Las escrituras y símbolos de la entrada coincidían con lo que el viejo le había dicho. Y también lo demás.

– El poder de los hechizos que protegen la entrada se agotará con el tiempo. Mientras ese poder mengua día a día, la criatura va ganando fuerzas. Cuando se encuentre preparada será capaz de abandonar su prisión cada vez durante más tiempo, asesinando y arruinando la vida a su paso.

Eso le había escrito el maestro.

En el pueblo más cercano descubrió miedo. Los lugareños, apocados, tristes, temerosos, hablaban casi reverencialmente de fieras que robaban niños de sus cunas, de mujeres que desaparecían de sus lechos, de hombre fuertes a los que no se volvía a ver desde que fueran a buscar leña cerca del ocaso, de granjas en llamas…

Convencido de haber llegado al lugar adecuado, buscó posada y alquiló una habitación. Luego, fue a ver al herrero, un hombretón de grandes brazos, buen profesional y veterano de alguna guerra, a tenor de su familiar forma de expresarse. Ambos guerreros hicieron buenas migas y el soldado viajero le tendió su espada rota.

– Necesito arreglar esto -le dijo al forzudo.

Era una espada bastarda, de largo mango. La cruz era fina y estirada, elegante y simple, pero la hoja estaba quebrada a poco más de un palmo. El accidentado viaje en el que perdió también su montura le había pasado factura.

El herrero dijo que no podría hacer milagros, que no tendría acero para tanta hoja.

– Quizá, si fuera más corta…

Y así quedaron. A la mañana siguiente, tras un buen desayuno que bien podría ser el último, el soldado pasó por la forja. Su nueva espada estaba ya templada y era una pieza bastante extraña: la empuñadura de un mandoble y la longitud de una espada de arquero, algo menos que una espada normal de infantería o de caballero.

<<Es mejor que nada>>

Ya frente el dintel del cubil de la criatura, seguía pensando lo mismo. Extrajo el arma de la vaina con un siseo metálico y entró en la cueva esgrimiendo una antorcha con la mano izquierda. El peso de la espada acortada le resultaba extraño, poco apropiado.

El ambiente del interior era opresivo. Húmedo y caluroso, pero veteado de corrientes frías que arrancaban escalofríos al excitar el sudor del cuello. La espalda y los hombros de empezaron a doler por el peso de la cota de mallas y el peto de cuero reforzado. Le pareció que todo pesaba más allí dentro y al poco notaba los brazos cansados por la tea y la espada. La humedad fría del sudor empapaba el lino a su espalda y el cabello se le pegaba a la frente.

El corredor era bastante recto y firme, de techo alto, todo excavado a mano y pronto dio paso a estancias más amplias hasta desembocar en una gigantesca sala que lo dejó atónito. las paredes estaban forradas de millones de cristales minerales, de piedras y metales preciosos. Había tal brillo, que la luz de la antorcha y la de una par de haces de luz que entraban por pequeños respiraderos excavados en la roca, hacían relumbrar la estancia como si el sol brillara a través de un diamante. Se sucedían docenas de hileras de columnas gruesas como robles centenarios, doradas y cristalinas. Era un espectáculo impresionante, hermoso, sobrecogedor… Si no fuera por el agobiante entorno. El calor era asfixiante, todo parecía pesar más de lo normal y se veía como distorsionado, como si se mirase por un vidrio de mala calidad. Y los sonidos parecían llegar de varios sitios a la vez, ruidos como de arrastrar de herramientas o pasos sigilosos o susurros. En el suelo había huesos humanos.

El veterano empezó pronto a sentirse mareado. Un chirrido le hizo volver la cabeza, pero nada apareció tras la columna hacia la que miró. Sin embargo el golpe le llegó del lado opuesto y lo esquivó por aquel sentido instintivo y especial que tienen a veces los guerreros viejos, echándose a un lado en el último momento. Dio una vuelta sobre su propio eje y encaró el peligro con la hombrera de cuero dañada por un tres profundos cortes.

Casi prefirió no haberlo visto.

La criatura lo miró y emitió un rugido chirriante. Mediría como hombre y medio de alto y era corpulenta como un oso. Su piel era rugosa, como cubierta de gruesas escamas. Era como si un enorme lagarto quisiera volverse hombre y caminar como las personas. Tenía enormes garras, una cola gruesa y chata, una cresta escamosa le recorría la espalda y su cabeza era grande, de enormes y poderosas fauces, hocico puntiagudo y carecía de orejas. Sus ojos eran dos rendijas rojas que brillaban como lava ardiente. Aquellos ojos odiaban. Estaban llenos de maldad. Quizá fuera por la extraña iluminación del lugar, pero las escamas de la criatura parecían brillar de muchos colores, pero al revés que el entorno, el brillo era oscuro, aceitoso y siniestro. Un aura de calor parecía irradiar de su silueta monstruosa.

El soldado tragó saliva. Había luchado contra seres terribles, pero le pareció que aquella podría ser la peor de todas. Con resignación guerrera, afianzó su mano sobre la empuñadura de la espada y se puso en posición defensiva.

La bestia se arrojó sobre él con un rugido. El veterano alzó la antorcha para golpear el rostro fiero con la tea ardiente, pero la criatura embistió como si nada, destrozando la madera y propulsando al soldado contra una columna. El golpe lo dejó sin aire y casi pierde la espada pero logró espabilarse a tiempo. La criatura había desaparecido y reapareció por otro lado, corriendo más deprisa de lo esperado en un ser de ese tamaño. Las garras de acero cayeron sobre el soldado, que se vio obligado a rodar hacia un lado. Las enormes zarpas arrancaron cristales preciosos y esquirlas de roca. El veterano se levantó para enfrentar el peligro, pero la criatura ya no estaba allí.

Alzó la mirada al detectar un movimiento por lo alto. La bestia correteaba por el techo increíblemente rápido y se dejó caer con un fluido movimiento, sobre su cabeza. El guerrero esquivó y lanzó un tajo que alcanzó el hombro del ser, pero las escamas parecían de acero y repelieron el golpe soltando chispas. La criatura descargó un revés al rostro del hombre y el mundo pareció estallar dentro de su cabeza. Aturdido y mareado, logró no caerse y usó la espada para detener un golpe de garra. el choque fue tan fuerte que el soldado cayó varios metros atrás. Asustado, se forzó a incorporarse mientras la criatura correteaba de columna en columna, cambiando de posición con rapidez. De un salto se precipitó sobre él de nuevo y el soldado logró dar un revés. Consiguió detener el ataque del monstruo alcanzándolo en el brazo, pero, aunque le dolió, no recibió herida alguna. Su piel parecía vidrio de roca.

La criatura se detuvo y lo miró con aquellos pozos de odio y de pronto, con un siseo de su inmunda boca, las escamas parecieron oscurecerse y separarse, abriéndose, y de aquellas grietas empezó a supurar lava incandescente. Una vaharada de calor golpeó el rostro del soldado, que recordó la historia que le habían contado de una casa en llamas en mitad de la noche.

<<Maldita sea esta puñetera cosa…>>

El guerrero sacó un puñal oculto, lo esgrimió con la izquierda y se lanzó al ataque el primero esa vez, un tajo alto, al cuello. La bestia se encogió evitando la hoja pero el soldado repitió su empeño, lanzando golpes de espada desde todas las direcciones. Los espadazos rebotaban o se deslizaban sobre el pellejo, levantando gotas de fluido candente. una le salpicó la mejilla, otras el brazo, y cada vez se quemaba y ahogaba el grito de dolor, aguantándose en su decisión de acabar con aquel monstruo. La criatura, resistía los golpes y devolvía algunos sin tino. La furia del soldado era tal, que la criatura retrocedió hasta el punto de que casi la creyó vencida. se convenció de que pronto, la maltrecha y mellada espada de extraña re-factura se hundiría en la carne inmunda del ser y le daría muerte.

Pero no fue así.

Agobiado por la intensidad de los ataques, la criatura se revolvió con violencia. Dio un giro y soltó un coletazo tremendo al torso del guerrero. El soldado, sin aire, recibió un golpe con la garra que le arañó la mejilla y otro aún más fuerte que casi lo partió por la mitad. Desde el hombro izquierdo hasta el vientre, el cuero y la cota de malla quedaron hechos añicos y tres largos cortes recorrieron su pecho y empezaron a sangrar. Se apartó en seguida y a tiempo de evitar otro golpe que hubiera sido mortal. Jadeante y aturdido, el soldado agitó la espada ante la bestia para mantenerla a raya y recuperar el aliento. Las heridas del torso ardían por dentro, y los restos desgarrados de armadura y ropa oscilaban haciéndole perder el equilibrio. Cuando la bestia se lanzó de frente tuvo la entereza para alzar el puñal en una rápida estocada, más certera de lo que habría creído que acertó de lleno en un ojo.

La criatura rugió y pareció que el techo se les vendría encima.

<<Quizá eso mataría a esta cosa…>>

La bestia, enojada extrajo el cuchillo de su ojo. Líquido de metal y roca fundida se derramaba lentamente por su rostro aterrador. El soldado vio la hoja del puñal al rojo, derritiéndose conforme el ser lo dejaba caer a un lado.

<<No voy a conseguirlo. Este será el fin de mi misión y el fin de la misión del viejo. ¿Habrá sido suficiente todo este tiempo de sufrimiento para ganarme un poco de Paraíso?>>

La bestia volvió a rugir.

El soldado se desprendió de la armadura, que cayó pesadamente al suelo, afirmó los pies y sujetó con suave fuerza la espada.

<<Un último intento>>

La criatura cargó de frente una vez más. Debilitado, el soldado apenas vio venir la garra que se le introdujo a fondo por debajo de las costillas el lado izquierdo. La embestida lo derribó, con la bestia sobre él, en un abrazo mortal. Sintió el aguijonazo ardiente le la zarpa en su interior, sintió el viscoso fluido candente que goteaba de la bestia quemándole la piel, sintió el hueso de su pierna romperse bajo el peso de la criatura, sintió el aliento fétido y abrasador del monstruo en su cara, sintió un dolor inenarrable, insoportable…

Y sintió el indescriptible gozo de la victoria.

Porque conforme caía, lanzó una estocada igual a la de la bestia, colocada al costado, justo y precisamente por la ranura de las escamas separadas, a través del magma, rápida para impedir que la hoja se fundiera antes de alcanzar el objetivo.

Y sintió, con infinita alegría el momento en que algo pequeño, sólido como una piedra se partía en dos al ser alcanzado y traspasado por la punta de la espada mellada. El corazón de la bestia se partió en dos.

El ser emitió un mugido triste, extrañado y confuso. Se encogió sobre el  soldado y tras unos segundos de espasmos, se desplomó sobre él. La supuración roja se oscureció al enfriarse y el enorme cuerpo humeante dejó de emanar calor. La inmensa mole se convirtió en un pesado cascarón de roca negra y quebradiza que desprendía ceniza por entre las escamas.

El guerrero no se movió, no podía. tenía una pierna y varias costillas rotas, el dolor laceraba su castigado cuerpo de soldado viejo y sabía, con resignada certeza que sus heridas eran mortales. Ni siquiera se atrevió a sacar la espada del cuerpo del monstruo, ni a soltar la empuñadura. Aquella cosa pesaba demasiado, así que decidió quedarse allí, quieto y dejarse llevar.

<<No tardará mucho. Por los dioses, espero que no tarde mucho, esto es muy doloroso>>

Pensó en el anciano maestro.

<<Lo siento viejo, no puedo seguir con esto. Supongo que tendrá que buscarse otro idiota. No sé si esto se merece el perdón por mis pecados aunque ya me da igual. Sé qué he sido una mala persona, que he hecho cosas horribles… Pero el arrepentimiento os gusta, dioses, y más aún si va acompañado de actos de contrición. He hecho todo lo posible por ganarme una redención y ahora me doy cuenta de que me da igual si os gusta o no. A mí me vale. Y si he de ir al Infierno y encontrarme con más como estos cabrones llameantes, lo haré, con la cabeza bien alta>>

– Con la puta cabeza bien alta.

Lo dijo en voz alta, consciente de que por primera vez en mucho tiempo se había dirigido a los dioses en una especie de oración, que el eco repitió por la caverna. No fue una oración muy ortodoxa pero fue sincera. Sintiendo que el dolor empezaba a desvanecerse junto con su consciencia supo que el fin llegaba y, con una sonrisa feliz, el recuerdo de una bella mujer, una lágrima en sus ojos y la paz en su alma herida; repitió en un murmullo:

– Con la puta cabeza bien alta.

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