Silencio

Cuando abrió los ojos creyó seguir en un sueño absurdo, abstracto como sólo puede ser un sueño… Hasta que sintió el dolor de cabeza, la necesidad de respirar y las náuseas. La cabeza le zumbaba, estaba desorientado y comprendió que había vuelto en sí tras golpearse y que el entorno abstracto que lo envolvía era la realidad bajo las condiciones de la ingravidez.

Recordó entonces la explosión y la sacudida, y cómo todo el mamparo de la nave se retorcía a lo largo del pasillo y los paneles se soltaban con violencia. El espacio se abrió y la nave se abrió al espacio. Los sensores de su traje técnico se activaron en nanosegundos, calcularon la súbita pérdida de aire y las condiciones crecientes de inhabitabilidad, el vacío y otros parámetros y el yelmo cerró automáticamente la visera, activando el soporte vital del traje estanco. Eso le había salvado la vida. Eso y la maraña de cables que se le había enrollado en la bota con la violencia del suceso impidiendo que su cuerpo fuera arrastrado a la inmensidad fría del espacio.

Will parpadeó, tragó saliva y contuvo el aliento en pequeñas pausas respiratorias para ayudar al traje a evacuar la condensación que empañaba su visión. Su cuerpo flotaba entre millones de fragmentos de metal, plástico y fibras sintéticas, unido a la enorme nave interestelar por unos pocos hilos de goma rellenos de hilo conductor. A su izquierda estaba el inmenso universo, frío e inabarcable, inclemente y hermoso, hipnótico, devorando los pedazos de nave desprendidos tras la explosión.

También estaba el enemigo. La estilizada estructura de la cañonera de Exilio se mantenía de flanco, exponiendo las docenas baterías de energía recargándose para el siguiente disparo.

 

Will calculó que en al menos cinco minutos podrían soltar una nueva descarga a máxima potencia. Su nave, con los escudos debilitados no podría resistirla.

<<Por eso estoy aquí>>

Recordó que estaba corriendo hacia el acceso a los compartimentos de servicio. Estos daban al subsistema de abastecimiento de energía. Will llevaba en su mochila acoplada una pieza de repuesto que los técnicos habían pedido con urgencia para reparar un nodo. Un maldito nodo bloqueado que impedía utilizar la energía de los escudos deflectores y los sistemas de armamento de la fragata. Pero la explosión acabó con esa idea. El estaba allí, flotando en el exterior asistiendo como espectador a su propia muerte o de la destrucción final de la F.S. S. CROWLEY. Nada podía hacer ni por él ni por sus miles de amigos y compañeros. Su soporte vital podía mantenerlo varios días sin cambiar las células de EAB (Biogeneración aumentada de atmósfera, en inglés), o los suministros de agua y comida, pero moriría mucho antes, cuando Exilio disparase la siguiente oleada de pulsos de energía. Casi era preferible. Todo acabaría rápido. La opción de quedar flotando dos o tres días hasta la asfixia era sin duda mucho peor, aunque siempre podía abrir manualmente el casco y terminar en un segundo…

Aquel silencio, roto solo por su respiración forzada, era lo más aterrador que había sentido nunca…

<<O puedo tratar de alcanzar esa compuerta>>

Estaba allí, a escasos metros de él: una compuerta de mantenimiento de terciario. su instinto de supervivencia se la había estado mostrando mientras su conciencia se preparaba para la inevitable muerte.

Will razonó. Los sistemas autónomos de la fragata habrían, sin duda, cerrado las secciones de la nave para evitar la ruptura por vacío. Si podía accionar los cierres manuales, podría volver a entrar en la nave.

<<Tengo la puñetera pieza. Sólo tengo que llegar en menos de tres minutos>>

Con todo el esfuerzo y el dolor de su cuerpo magullado, el cabo Will S. Mcnathan, contrajo la entrenada musculatura del abdomen y estiró los brazos hasta asir los putos cables salvadores con fuerza. Se izó a pulso, paso a paso hasta llegar a la pared de lo que antes había sido un luminoso pasillo. La superficie tenía mellas de metralla y paneles sueltos o arrancados y el soldado las usó como asideros para alcanzar la estrecha compuerta. dentro del traje, sudaba por la tensión, el aire recirculado era insuficiente y el cristal se empañaba.

<<Menos mal que no hay gravedad>>

Will llegó al cierre y manipuló los controles. Estiró el asa amarilla u robusta hacia afuera y la giró. El círculo de metal que cerraba el compartimento se hizo a un lado y Will notó en el pecho el aire que el universo absorbió hacia él. Murmurando una plegaria de agradecimiento, se introdujo en el habitáculo recorrido por tubos y cables. Lo más deprisa que pudo, sacó el cuchillo de combate del peto táctico de su traje y cortó de un tajo los cables que le habían salvado la vida.

Una vez dentro, cerró la compuerta y comprobó que el pasadizo estaba intacto, encendió las linternas y avanzó a rastras hacia el siguiente compartimento mientras accionaba el comunicador.

– Cabo Mcnathan a puente…

Ruido de estática.

– Cabo Mcnathan a puente de mando.

– ¡Cabo! -respondió una rasposa voz metálica -. Le habíamos perdido.

– Estaba perdido, pero he conseguido volver a entrar en la nave…

– ¿Entrar?¿Qué demonios dice?

– No hay tiempo, Señor, Estoy llegando a los técnicos, muy justo de tiempo. Preparen los escudos y las armas para disparar.

– No llegará a tiempo.

– Ustedes prepárense para el combate y digan a los técnicos que estén listos.

Will cerró la transimisión y se arrastró por un pasadizo que se abría a la derecha.

<<No te equivoques ahora, gilipollas…>>

El soldado trataba de recordar los planos que dibujaban las vías de servicio de la compleja nave de combate. Eran tantos túneles, tantos conductos.

Abrió y cerró dos compuertas más y bajó una escalerilla, hasta un pasillo más alto y más ancho.

<<¡No queda mucho!>>

Echó a correr al mismo tiempo que empezó a sonar la alarma de colisión, un sonido ensordecedor que anunciaba el desastre más inminente: El enemigo estaba a punto de disparar.

-¡Nooooooo! -gritó con rabia, arrancando el casco mientras corría a zancadas, lo más deprisa que había corrido en su vida. Saltó sobre una abertura del suelo que llevaba a otro conducto oscuro y desconocido.

La alarma se introdujo en su cabeza, martilleando sobre el dolor que ya sentía. tenía calambres en los muslos y se ahogaba más  a cada paso pero se juró a sí mismo que llegaría.

Y lo hizo.

Lanzó el cuchillo contra el pulsador de la puerta y como por obra milagrosa, la puerta se abrió. Will entró a todo correr sacando de la mochila acoplada la maldita pieza, una estúpida arandela unida a un tubo, con unas muescas de una maldita forma determinada y un dispositivo electrónico configurado para una determinada acción. El peligro de la falta de estándares.

Al fondo de aquella sala, llena de paneles tirados por los suelos y maquinaria al aire, había cuatro corpulentos hombres con monos de trabajo abiertos hasta la cintura que lo vieron correr con las pesadas botas de la escafandra de combate hacia ellos.

– ¿Mcnathan? -gritó uno de ellos desde lejos, pero Will no contestó. Sólo les arrojó la pieza.

La alarma sonaba.

La pieza voló.

El mecánico la atrapó, se la pasó a otro y este último la introdujo con un experimentado movimiento y la terminó de ajustar con un golpe de puño…

Creyeron oír un zumbido pero entonces sintieron la sacudida. Will se vio lanzado contra una pared y el golpe le hubiese partido las costillas de no ser por el traje. su cabeza chocó con algo y quedó aturdido y sin aire, boqueando como un pez fuera del agua. Las luces se apagaron, palmeras de chispas florecieron y estallaron por todas partes, todo se oscureció…

<<No he llegado a tiempo…>>

Entonces volvió a sentir dolor.

Abrió de nuevo los ojos. Un obrero estaba tendido frente a él, a pocos pasos, muerto, con la cabeza aplastada por haberse golpeado con violencia. Pero podía oír, entre el pitido de su aturdimiento, cómo se quejaba uno y cómo los otros preguntaban por la integridad de los demás. La luz parpadeó un par de veces antes de volver a encenderse.

Y eso no ocurre cuando una nave sin escudos recibe docenas de impactos directos a máxima energía sin tener los escudos alzados.

El impacto se dio de bruces con unos escudos recién activados y con la energía a tan sólo el 63%, pero fue suficiente para resistir.

la pieza de marras vibraba y un pilotito verde estaba iluminado.

Y, esbozando una sonrisa, escucharon el inconfundible y estremecedor sonido que producen las baterías de cañones de una fragata federal cuando abren fuego. El sonido que los ángeles hacen al tocar sus trompetas celestiales y los demonios, los timbales del averno.

Will, sangrando por una herida en la cabeza, agotado, herido, se sentó apoyado en una pared y rompió a reír.

Ganarían aquella batalla, y lo harían gracias a él.

Porque había llegado a tiempo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s