La bestia…

<<Este maldito invierno está durando demasiado. Ningún invierno debería durar tanto>>

Eso pensaba Spooner mientras orientaba a su caballo para que evitase los terrones de nieve y barro. Y tenía razón en sus meditaciones. El tercer mes tocaba a su fin y casi todo el norte del reino seguía cubierto por un manto de nieve. Por aquellas suaves latitudes aún se sucedían nevadas ocasionales que convertían los caminos y los campos en lodazales traicioneros.

El viejo cazador alzó su mirada al cielo. Estaba limpio de nubes y su color era de un azul pálido pero aunque el sol de mediodía brillase, no llegaba siquiera a calentar las mejillas curtidas y rojas del hombre.

– No parece que vaya a nevar –murmuró mesándose la barbita blanca recortada sobre su cara redonda, y luego alzó la voz -. ¿Me oyes?

No obtuvo respuesta y Spooner se volvió. Sam Flaco estaba allí, algo rezagado y parecía no haberlo escuchado, ocupado como estaba en obligar al caballo a vadear el arroyuelo gélido.

Sam no estaba flaco para nada. El nombre le venía de su abuelo, pero ni él muchacho ni su padre hicieron honor al viejo. Sam tenía la espalda extremadamente ancha, el cuello grueso, el pecho de un toro, brazos fuertes enormes y una barriga redonda y dura.

<<Como la mollera –pensó Spooner -. Es buen muchacho pero es un poco zoquete>>.

Sam terminó de cruzar el riachuelo y cruzó la mirada con la de su jefe.

– ¿Decías algo?

– Que no parece que vaya a nevar hoy –contestó el viejo, mientras frotaba los cristales redondos de sus anteojos para limpiarlos. Las lentes estaban ya viejas y picadas. Tendría que visitar al Maestro Nurmen para que le fabricara cristales nuevos.

Volviendo al tema que los ocupaba, Spooner se dirigió de nuevo a Sam Flaco.

– ¿Dónde está Fred?

– Cagando.

– ¿Y lo has dejado sólo? –se enojó.

– Ayer cenó una docena de esas salchichas grasientas de la vieja Betty –se excusó Sam -. Ya sabes cómo le sientan. Es asqueroso. No pienso quedarme cerca de Fred mientras saca de su cuerpo esas salchichas, ni los perros aguantan estar cerca.

Spooner miró a los dos enormes y fieros mastines que los acompañaban y los animales le devolvieron una mirada que bien podría parecer una afirmación.

– Si los lobos que buscamos son la mitad de agresivos de lo que nos han dicho –replicó el viejo – podrían cogerlo desprevenido y morderle su huesudo culo. Debiste quedarte a esperarlo.

Fred apareció en aquel preciso instante al trote, guiando con habilidad a su montura sobre las raíces y ramas que entrampaban el suelo humedecido del bosque. Los perros reaccionaron agitando las colas y trotando alrededor del caballo de Spooner. Fred sí que era flaco, pero si alguien pensaba que era débil estaría muy equivocado. Tenía el tipo de físico delgado y nervudo, de huesos finos y músculos tensos como sogas de carga. Y era un arquero excelente. Con silencio y sonriente, vadeó el exiguo cauce y se reunió con sus compañeros.

– ¿Ya podemos continuar? –preguntó enojado Spooner. En realidad no estaba demasiado enfadado. Después de siete años como patrón de aquellos dos había desarrollado un sentido especial de la paciencia para estúpidos. Porque no eran muy listos pero eran los mejores cazadores con los que habría podido trabajar y lo sabía.

Los tres hombres se adentraron de nuevo en la espesura del bosque invernal con las cabezas gachas para evitar las ramas bajas y para observar el suelo en busca del rastro de sus presas. Los sabuesos los precedían olisqueándolo todo y echando meadas cada seis o siete árboles. Los cazadores tenían por misión encontrar y abatir a una manada de lobos de número indefinido que habían estado acosando las tierras de algunos campesinos, los rebaños de cabras y ovejas e, incluso, atacado a viajeros que transitaban el camino ancho que atravesaba el bosque. Aquello era novedad. Hacía muchos años que no se hablaba de lobos en aquellas espesuras: zorros, gatos monteses, algún águila especialmente grande, pero nada que pudiese hacer daño de verdad a una persona adulta. Pero ya se hablaba incluso de desaparecidos y los pastores hablaban de lobos de tamaño monstruoso huyendo con carneros en sus fauces. Quizá fueran habladurías o exageraciones, pero Spooner era un profesional y la Universidad misma, atendiendo a los ruegos de los lugareños, lo había contratado para limpiar el lugar.

Sin embargo no encontraban las huellas. Había algo parecido a un rastro confuso y difícil de interpretar que aparecía y desaparecía aquí y allá, de forma errática. Nada que Spooner hubiera visto anteriormente en su dilatada carrera.

El viejo se frotó la redondeada panza cubierta por un chaleco de cuero grueso. <<Más de veinte años matando alimañas peligrosas>> se dijo, observando cómo uno de los mastines levantaba la pata y meaba por enésima vez sobre la corteza gris de un árbol viejo.

<<Viejo como yo>>.

– O estos perros son inútiles o aquí no hay lobos –gruñó Sam Flaco.

– Ya te lo dije, Spooner –aprovechó Fred -. No hay lobos. Son cuentos de labriegos y pastores, siempre están diciendo que han visto monstruos que les devoran las ovejas. En lugar de estar helándonos las pelotas aquí podríamos estar en la taberna de Betty con unas buenas cervezas y un buen caldo caliente.

– Y con buenas mujeres –se rió Sam -. Esas calientan más que un buen fuego.

– Donde tú vas no hay buenas mujeres –replicó Spooner de mal humor -. Y ahora callaos o jamás encontraremos a esos lobos.

Sam y Fred callaron y obedecieron. Cuando el patrón estaba de aquel genio era más fiero que los malditos mastines.

Siguieron avanzando mientras sobre ellos y aquel dosel de hojas amarillas, naranjas y ocres el día declinaba y el frío se cernía. Un aire gélido se colaba entre los árboles, cada vez más intenso y al poco se había transformado en una serie continua de ráfagas de viento helado que arrancaban hojas muertas y provocaba sonidos confusos y siniestros. Los cazadores notaron cómo la oscuridad había ganado presencia y la luz menguaba más deprisa de lo que le hubiera gustado y parecido natural. Aquel viento debía haber arrastrado sobre el bosque nubes oscuras y seguramente cargadas de nieve. A Spooner aquello le ensombreció más el ánimo.

– Mierda –murmuró -. Si empieza a nevar estaremos bien jodidos.

– No hay leña seca, patrón –dijo Fred -. Será imposible encender un fuego. ¿Habrá refugio cerca?

El viejo miró alrededor. Conocía bastante aquel bosque aunque orientarse en aquella oscuridad creciente azotada por el viento era complicadísimo.

– Quizá hacia allí –dijo, señalando un sendero sombrío -. Los árboles están más apretados y cierran por arriba con las ramas. La nieve no nos llegará tan fuerte.

Fuera o no cierto ninguno asintió convencido. Aquel camino no invitaba a internarse en él. Parecía un túnel demasiado oscuro. Spooner cambió de idea.

– Será mejor dar la vuelta. Siguiendo el arroyo anterior al sur saldremos al camino ancho en poco más de una hora, cerca de la posada de Turner el Cojo. Podemos estar bajo techo en un par de horas.

Los jóvenes no contestaron y obligaron a Spooner a seguir sus miradas, hacia el sendero siniestro. Los dos mastines estaban en la entrada, quietos, tensos con los pelajes del lomo erizados y los ojos clavados en la oscuridad. Gruñían muy bajo pero con intensidad, emitiendo nubes de vaho blanquecinas que el viento desgarraba.

Con maestría, Fred preparó su potente arco recurvado y Sam tensó su poderosa ballesta. Spooner asió su lanza, una pieza corta y recia de hoja ancha. Los tres hombres aflojaron las espadas cortas de sus vainas.

– ¡Cuchilla!¡Diablo! –ordenó el viejo -. ¡Aquí!

Pero los animales no obedecieron. Estaban cada vez más exaltados, lanzando ladridos a la oscuridad y cagando en el sitio.

– ¡Diablo! –insistió el cazador -, ¡Cuchilla!

Los animales parecieron enloquecer y se lanzaron hacia el sendero gruñendo entre espumarajos de rabia perdiéndose en la oscuridad con las mortíferas fauces abiertas.

Y fuera lo que fuese lo que allí les esperaba era grande, muy grande y peligroso.

– ¡Malditos perros! –gritó Sam -. No podrán con un oso.

Spooner estaba seguro de que aquello no era un oso pero no dijo nada, no hizo nada excepto tragar saliva y sujetar con fuerza la lanza mientras hacía recular al caballo.

La pelea de canes fue tan invisible como breve, pero aterradora, llena de gruñidos, chasquear de mandíbulas, crujidos, quejidos y el sonido acuoso de la carne al desgarrarse; y de pronto todo cesó. Una sombra se acercó al umbral del túnel de vegetación y Fred estuvo a punto de soltar la flecha, pero se detuvo al ver salir a uno de los perros. El animal jadeaba gimoteando y cojeaba. Le faltaba la piel y carne de parte del hocico, con el hueso visible donde las dentelladas le habían atrapado, tenía desgarrados el cuello, el vientre y los cuartos traseros. De la panza le pendían jirones de intestinos que arrastraban por el suelo manchándolo con la sangre que la nieve se bebía tiñéndose de rojo. Tras unos pasos cansinos, el animal miró lastimosamente a Spooner, gimió, se tumbó y se quedó allí, inmóvil.

El viento sopló con mayor fuerza, arrojando andanadas de finísimos copos de nieve. Los cazadores trataron de aguzar la vista y pudieron distinguir una silueta gris, una terrible silueta canina de un tamaño descomunal.

<<Luz Bendita, eso no puede ser un lobo…>> -tragó saliva Spooner. Si aquella cosa era un lobo, era la bestia más aterradora que el viejo había visto en toda su vida, y estaba allí, ante ellos, medio oculto en las sombras, sin emitir más sonido que un silencio amenazador.

– Fred –consiguió sugerir Spooner calmando su terror a fuerza de voluntad.

– Apenas distingo el contorno del cuerpo –dijo lentamente, pero ya se llevaba las plumas a la mejilla con un gesto mil veces realizado.

El arquero tragó saliva, apuntó concentrándose en aquella gran forma negra y esperó una pausa en el viento, con los callosos dedos sujetando con firmeza la cuerda, durante unos eternos segundos.

<<Ahora>> -pensó el tirador y soltó la cuerda.

La bestia se encogió con un agudo quejido.

Spooner gritó.

– ¡Buen disparo! –dijo, pero una fuerte ráfaga de viento los golpeó, cegándoles con un enjambre de copos blancos. La bestia rugió y se abalanzó sobre ellos, y la más terrible oscuridad la seguía. Fred fue el único que consiguió permanecer sobre la silla cuando los caballos se encabritaron aunque no conseguía recuperar el control del animal enloquecido. La ballesta de Sam se disparó al aire y tanto él como Spooner dieron con sus huesos contra el suelo. El viejo sintió un fluido caliente salpicar sobre su cara y durante un instante pensó que estaba herido, pero al abrir los ojos vio a su caballo en el suelo agitando las patas al aire en espantosos espasmos. Tenía el poderoso cuello desgarrado. Sam Flaco estaba de pie, tratando de sujetar las riendas de su montura para poder volver a montar y gritándole que lo ayudara.

De la bestia no había ni rastro.

<<¿Dónde estás, hija de puta?>>

El viejo recogió la lanza mirando alrededor, entre las patas de los caballos, entre los troncos grises, entre la lluvia de cristal de nieve y hielo y la cellisca gélida.

Una enorme silueta pasó veloz, tanto que apenas pudo seguirla y sólo fue capaz de distinguir un lomo de erizado pelaje oscuro y el penacho de plumas rojas de la flecha de Fred.

– ¡Sam! –gritó Spooner -. ¡Deja eso y saca la espada!

Flaco obedeció al instante y ambos se pusieron espalda con espalda mientras Fred dominaba por fin a su caballo y trataba de coger las riendas del otro.

Entonces oyeron el aullido lejano.

Y luego el segundo, aún más lejano.

Y de pronto contestaron varios aullidos demasiado cercanos.

El terror los invadió. Estaban rodeados de fieras aullantes. Aquí y allá entreveían siluetas lobunas moviéndose entre la maleza y la nieve que caía inclemente agitada por el viento. Cinco, seis… era imposible saberlo, de todos los tamaños. Y por supuesto, el monstruo gigantesco con la flecha roja como macabro estandarte de guerra.

Una bestia saltó sobre Spooner, pero el viejo cazador hizo gala de templanza y profesionalidad, afianzando ambas piernas al suelo y alzando el asta en un solo movimiento, empalando al lobo. Cuando lo derribó al suelo, lo remató a toda prisa pero le llamó la atención algo. Ignorando todo peligro miró el cadáver, atónito.

– ¡Qué demonios…! –estuvo a punto de decir pero se quedaba sin palabras. El pelaje era el de un lobo pero aquella maldita cosa no podía ser un lobo, no eran las patas de un lobo…

Otra fiera apareció, saltando entre los árboles y le atacó, pero cayó al suelo con una flecha en el cuello. Aún así, otro animal encontró camino hacia el viejo y Spooner no tuvo tiempo de girar su lanza. El lobo tiró al cazador al suelo y Sam corrió a socorrerlo, lanzando un espadazo que no acertó a la ágil bestia. Cuando Flaco trató de atacar de nuevo unas enormes fauces se cerraron sobre su antebrazo y otras le apresaron la pantorrilla izquierda con una fuerza brutal. Gritando aterrorizado, Sam trató de zafarse pero sólo pudo contemplar impotente cómo se le desgarraban los músculos y su sangre se vertía sobre la nieve blanca. Cayó al suelo entre horribles alaridos. Spooner, en el suelo,  agitaba el asta de su lanza tratando de evitar que un lobo le mordiera las piernas. Fred lanzó otra flecha pero sólo consiguió herir un cuarto trasero y enfurecer más  las fieras. El terror comenzaba a desbordarlo. El otro caballo cayó, con las tripas abiertas y Fred reculó cuando vio los ojos de Spooner abrirse mucho en una mueca de horror tras los anteojos agrietados. Dos lobos le abrían el vientre y otro le tiraba de las piernas con las fauces manchadas de rojo. La ventisca le lanzaba hielo a la cara y lo cegaba cada vez más. Fred casi lo agradeció pues le dificultaba ver cómo sus amigos eran despedazados. El calor de su propia orina le bajó por las piernas y la humedad se enfrió al momento. Jamás había sentido un frío y un miedo tan cruel. El cazador soltó el arco, giró grupas y huyó a toda velocidad.

El viento y la nieve le azotaban el rostro pero Fred mantenía la cabeza gacha, rezando plegarias a la Bendita Luz y besando el cuello del caballo, que por arte del milagro más maravilloso, galopaba por un bosque en la oscuridad sin tropezar, ni lastimarse, ni arrojar a su jinete al suelo.

Pero el terror lo seguía de cerca. Podía oír los aullidos a su espalda, los jadeos de las bestias, las docenas de patas hendiendo la nieve recién caída, muy cerca, demasiado cerca. El miedo le llevó a cometer el error de mirar atrás, por encima de su hombro y entonces ocurrió. Sintió cómo el mundo estallaba a su alrededor, se sintió volar y el suelo se alzó muy deprisa y lo golpeó en la cara. Durante unos instantes se quedó quieto, aturdido y dolorido, mientras trataba de levantarse y todo giraba y daba vueltas. Notó el sabor ferroso de su sangre en la boca, junto con el del barro y la nieve; y una humedad caliente y pegajosa le bajaba al cuello desde la nuca. Le dolía la cabeza y estaba mareado, las náuseas lo asaltaron, pero hizo acopio de fuerza de voluntad y se incorporó escupiendo sangre y nieve al suelo. Buscó al caballo y pudo distinguirlo a pocos pasos oscurecido por la noche que se cernía sobre el bosque. El animal parecía nervioso y su pelaje relucía por el sudor humeante. Cuando Fred hizo ademán de aproximarse, el caballo titubeó y trotó hacia la oscuridad hasta que el cazador no pudo distinguirlo.

– ¡Vuelve aquí, estúpido bicho! –se enojó.

Entonces se dio cuenta. La nieve había cesado y también los aullidos, pero Fred no se sintió mejor. El viento había sido sustituido por una quietud absoluta y silenciosa que hizo que Fred sintiera un tipo diferente de miedo. Sacó la espada corta de la vaina y el siseo metálico resonó amenazador en la espesa bruma que inundaba el bosque desterrando los colores para que reinaran los grises. El arquero esperaba ver aparecer una docena de lobos sedientos de sangre, pero no fue así. Sólo había troncos pálidos, silencio, niebla y nada más allá de aquella.

Y el miedo.

Fred reculó, asustado del silencio y la calma que lo envolvía todo, e incluso llegó a pensar que quizá ya estaba muerto, que se había roto el pescuezo al caerse del caballo y era un fantasma atrapado en otro mundo.

<<Un mundo vacío y gris>>

Entonces su pie se trabó en una raíz enterrada en la nieve y se cayó de culo. Su orina fría le hacía estremecerse y le dolían demasiado la cabeza y el culo para estar muerto. Se levantó recriminándose su torpeza.

– Mierda –dijo y un susurro le contestó. Fred miró asustado alrededor y no vio nada más que árboles y niebla. ¿Había escuchado algo realmente? Los oídos le zumbaban del golpe y su corazón latía con violencia. Quizá el miedo se lo había hecho imaginar.

Pero no era así. En su interior había razonado que los lobos se habían cansado de perseguirlo y que ya tenían comida bastante con sus amigos y los caballos, comida hasta hartarse… Pero se dio cuenta de que era más un deseo que un razonamiento.

Pudo oír claramente las pisadas sordas en la nieve. Fred sujeto ante sí la espada pero la mano le temblaba. La silueta cuadrúpeda se definía en la niebla, allí frente a él, recortada negro sobre gris la silueta monstruosa de un lobo enorme, con el asta de una flecha sobresaliendo inhiesta sobre el lomo. Otra silueta similar aunque más pequeña se unió al monstruo, y luego otra. Pero en su forma de andar no había nada de lobo. Cuando el monstruo se incorporó sobre sus patas traseras, irguiéndose, Fred creyó enloquecer. Aquella abominación sólo podía proceder del mismísimo infierno, no podía ser real…

La luna se filtró entre las ramas cargadas de nieve e iluminó unas fauces que brillaban como la plata bruñida y unos ojos amarillos cargados de maldad, de ira y de odio.

Fred gritó algo, pero aquel último grito se perdió en la noche helada.

lobomalo

 

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